La forma y el fondo: un falso debate

Entre los creadores y escritores en particular, se suele plantear un debate en torno a la forma y el fondo: ¿es más importante la forma (cómo está escrito un texto) o el fondo (de qué trata el texto)?

A los que somos moderados por naturaleza, la respuesta nos sale sola: ni uno ni otro, los dos a la vez. Es como aquello de elegir entre papá y mamá. Sin embargo, antes de llegar a la conclusión de que estamos frente a un falso debate hay que ir aclarando algunos términos.

La forma de la forma

En primer lugar, no hay que confundir «forma» con ortografía y gramática. La lengua es un código, y para que la comunicación sea efectiva es necesario que el emisor y el receptor del mensaje compartan el mismo código.

Supongamos que transmitimos un telegrama en clave morse y que a nosotros, en origen, se nos da por alterar la relación de puntos y rayas que corresponden a las distintas letras: como al otro lado de la línea desconocen nuestra novedosa codificación, interpretarán las señales de acuerdo a la convención estándar y el galimatías que tendrán delante será poco más descifrable que un jeroglífico antes de la piedra Rosetta. Es decir: no se producirá comunicación alguna.

Del mismo modo, un texto que no respete la ortografía y la gramática del idioma en que esté escrito será ininteligible para cualquier otro lector que no sea el propio autor del texto.

Antes de que alguien invoque el nombre de Roberto Arlt en vano, sí se ha de admitir que un texto con faltas puede ser comprendido pese a todo (a diferencia del código morse). De hecho, yo mismo lo demostré en el microcuento «Hortografia», donde introduje deliberadamente todo tipo de errores, aunque el sentido del texto se acababa comprendiendo. Pero imaginemos una novela escrita enteramente así, con toda esa cantidad de alteraciones arbitrarias: el esfuerzo por intentar comprender el significado sería tan agotador que acabaríamos por abandonar la lectura.

El código debe ser, por lo tanto, invisible. Si no percibimos que hay un código, podremos centrarnos en el contenido, en el mensaje. Pongamos otro ejemplo: todo el material audiovisual que nos llega por streaming (series, principalmente) son archivos informáticos que, en última instancia, están escritos en código binario (unos y ceros). Pero nosotros no queremos ver unos y ceros, queremos ver una película: si el código contuviera errores y se hiciera presente (pixelados, manchas de compresión, etc.) nos distraería y no nos dejaría disfrutar del cine en casa.

El fondo del fondo

Ahora bien, el cuento «Hortografia» pone de manifiesto otra cosa: las faltas introducidas adrede provocan un efecto de sentido. Gracias a ese aspecto formal del texto, los lectores nos hacemos una composición de quién es el personaje que escribe y, con ello, llegamos más fácilmente al «fondo» de la cuestión, a lo que el texto quiere plantearnos.

Cuando hablamos de la «forma» de un texto, por lo tanto, no nos referimos a la ortografía o a la gramática, sino a esas otras marcas que introducimos y que nos remiten a un género (epístola, noticia, novela de aventuras, informe científico, sumario judicial), a un estilo (punk, barroco, romántico, realista), a un registro formal o coloquial, a un campo semántico, etc.

Por ello mismo, la «forma» es indisoluble del «fondo», porque el cómo es parte integral del qué. Veamos algunos ejemplos.

No es lo mismo contar la historia de un asesinato como una noticia, como un legajo judicial, como una confesión oral en una iglesia, como una página en el diario personal del asesino. Alguien dirá que el «fondo», la historia del asesinato, es la misma. ¿Pero es realmente el argumento el «fondo»? ¿O el «fondo» es (como su nombre indica) algo más profundo, un mensaje que va más allá de los hechos narrados?

Para que quede más claro, voy a contar El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, de otra «forma»:

Resulta que había una vez un brujo muy, muy, muy malo, malísimo, que quería destruir toda la Tierra Media con sus ejércitos de orcos y monstruos. Pero para hacerlo necesitaba un Anillo para gobernarlos a todos. El Anillo estaba escondido en la casa de un hobby en La Comarca, así que un mago muy, muy, muy bueno, buenísimo, que se llamaba Gandalf, armó una compañía compuesta por hobbies, humanos, elfos y enanos, y se enfrentaron al brujo malvado. Después de pasar muchas aventuras y peripecias, los hobbies consiguieron llegar a una montaña llena de lava, donde pudieron destruir el Anillo y deshicieron los hechizos del brujo malo, que fue derrotado para siempre y todos los buenos fueron felices.

Ahora bien, ¿es esta parodia deliberadamente ridícula lo mismo que El Señor de los Anillos pero con otra «forma»? ¿O es una obra completamente diferente? ¿Hay alguna manera de contar lo que Tokien quiso contar distinta a como Tolkien quiso contarlo?

Cuando nos disponemos a contar una historia, nos veremos invariablemente condenados a tomar una serie de decisiones formales para que el mensaje sea más claro y más emotivo; para que transmita no solo la información de unos hechos, sino sensaciones. La producción de sentido es un fenómeno que requiere no solo datos, sino también emociones. Por ello, la forma que demos a un texto es crucial para que nuestro lector pueda llegar al fondo. Dicho de otra manera: en el fondo, la «forma» forma parte del «fondo».

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

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