El lector fantasma: ¿para quién escribimos?

Ningún escritor sabe quién lo va a leer (más allá de esos familiares y amigos a los que obligamos a tragarse nuestros textos). No obstante, cada escritor se hace una composición mental sobre su posible lector: es el lector ideal, aquel a quien, en principio, está dirigida la obra.

Cualquier texto, sea un cuento o una factura de teléfono, está pensado para un lector ideal. No se trata de una persona concreta, sino más bien de un arquetipo, una ficción, un personaje que recreamos en nuestra mente y al que le atribuimos una serie de características. La primera y principal es, por supuesto, que sepa leer.

No hay una única manera de concebirlo. Se lo puede definir de forma más o menos genérica o detallada, con parámetros macro o microsociológicos, por niveles de formación, áreas geográficas, orientación sexual, ideologías políticas, gustos culturales, o una múltiple combinación de rasgos. Incluso puede que sea un ente fantasmal, nebuloso, casi una sombra difusa a la que apenas podemos entrever. Sin embargo, siempre está ahí.

Saber lo que sabe

La conciencia sobre el lector ideal es muy importante para un escritor, entre otras cosas porque le permite adivinar lo que su posible audiencia sabe y no sabe. Los conocimientos que presuponemos al lector permitirán ahorrarnos ciertas explicaciones o, al contrario, obligarnos a dar cierta información importante para que pueda avanzar en la trama.

El ejemplo clásico de lector ideal lo encontramos en la segmentación por edades: infantil, juvenil y adulto, y las subcategorías de cada uno (bebés, escolarizados, preadolescentes, etc.).

Otro ejemplo es el de los expertos y los legos en determinada materia, lo que nos da como resultado libros técnicos (para expertos) o libros de divulgación (para legos).

Es decir: no contaremos igual la Historia de la Ciencia a un niño que está aprendiendo a leer, que a un filósofo especializado en epistemología; y ello se debe, en parte, a lo que creemos que nuestro lector conoce o ignora.

Conociendo al lector

A veces no resulta tan claro saber a quién queremos dirigirnos. Una obra de ficción, en principio y cuanto más fantasiosa sea, no tiene un público tan definido como, por ejemplo, un manual para programación en C++. Por lo tanto, hay que hacer una serie de ejercicios, de reflexiones, para descubrir quién es ese fantasma que habita en nuestro inconsciente.

Supongamos que quiero escribir un cuento de misterio que involucra de alguna manera al Sudario de Turín: ¿debo exponer la historia de esta tela, la polémica en torno a su autenticidad, las investigaciones científicas realizadas sobre ella? ¿O debo suponer que mi lector ya está familiarizado con los aspectos básicos de la Sábana Santa y centrarme exclusivamente en mi relato? Según cómo respondamos a estas preguntas, dejaremos traslucir nuestra idea de lector. Veamos posibles respuestas:

  1. ¿Quién no conoce al Santo Sudario?
  2. Creo que los jóvenes de hoy en día no tienen ni idea de lo que es eso.
  3. La gente ya está aburrida del trapo ese…
  4. Uy, esto se parece a una novela de Dan Brown

En el primer caso, nuestro lector ideal es una persona que participa de nuestro propio ámbito cultural porque, de otro modo, no mostraríamos sorpresa ante su posible ignorancia. Asumimos que dicho ámbito incluye conocimientos básicos de cristianismo y, en especial, del objeto mencionado.

En el segundo caso, nuestra preocupación por lo que saben o no saben los jóvenes refleja que nos interesa dirigirnos a ellos y que son, al menos, parte de nuestro público.

En el tercer caso, ya hablamos de un lector experto en reliquias, falsas reliquias y, en especial, muy familiarizado con las polémicas en torno al sudario; por otra parte, como refleja su designación despectiva, no cree en las propiedades místicas del Sudario de Turín y ya está saturado de lecturas sobre el tema.

Finalmente, el cuarto caso es parecido al tercero, aunque ahora nuestro lector prefiere claramente las obras de ficción y, en particular, conoce las del novelista famoso por asignar un importante papel en sus historias a los objetos y símbolos religiosos.

Habla el lector

Lo anterior parece una verdad de Perogrullo, pero es un error que se observa con frecuencia en los escritores nóveles: el olvido del lector. Esto los conduce a escribir textos excesivamente crípticos (el autor no tienen en cuenta que sus lectores ignoran ciertas cosas) o llenos de explicaciones innecesarias (el autor se cree obligado a aclarar cada término, cada referencia).

Es importante hacer un esfuerzo en el momento de la escritura, plantearse quién nos va a leer (mejor dicho, quién querríamos que nos leyera) y, una vez definido el lector ideal, permitirle que nos susurre sugerencias al oído, que nos haga preguntas, que nos manifieste sus dudas, su perplejidad, su aburrimiento.

Nuestro lector ideal se irá acoplando al relato, y así conseguiremos que nuestros lectores reales se identifiquen con ese arquetipo: nos adelantaremos a sus posibles objeciones, nutriremos su curiosidad y, sobre todo, estableceremos una complicidad propia de íntimos. Porque, de alguna manera, ya habremos estado dialogando con ellos.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s