El terror (II): decálogo del misterio

¿Qué es el misterio? ¿Por qué suele estar presente en las obras de terror? ¿Y por qué construir misterios es una acertada estrategia para sembrar el miedo en el lector, un miedo que crecerá y germinará más allá de la lectura del relato?

Afortunadamente, ninguna de estas preguntas constituye un misterio.

Survival horror

Para entender mejor qué es el misterio —y sin ánimos de convertirnos en «Un retrospectivo» como el que imaginaron Borges y Bioy Casares— hay que considerar el funcionamiento básico de nuestra mente.

Una de las principales estrategias de supervivencia del ser humano, lo que distingue a nuestra especie de otras formas de vida, es la búsqueda de patrones, de explicaciones, de orden en el caos del universo. Entender lo que pasa nos permite anticiparlo, evitarlo, esperarlo, modificarlo, transformarlo, usarlo a nuestro favor: actuar.

Para actuar, necesitamos saber y entender. Ansiamos el conocimiento, aunque sea provisional. El extremo de esa búsqueda es la ciencia, con sus certezas y sus probabilidades. Pero cuando la lógica falla, recurrimos a la explicación sobrenatural, a la magia, a fuerzas místicas, divinas, extraterrestres o ancestrales; a conspiraciones oscuras; a voluntades invisibles que gobiernan el mundo: necesitamos saber y entender tanto como respirar.

En ocasiones nuestro anhelo de respuestas no encuentra respuesta: la explicación se resiste y las alternativas (por fantasiosas que sean) no se sostienen más allá de cualquier duda razonable. Eso es el misterio: la ignorancia y la perplejidad que se nos imponen en contra de nuestra voluntad y de nuestros esfuerzos; lo oculto a la razón y al conocimiento. En otras palabras: lo incognoscible e inexplicable.

Cuando nuestro cerebro es incapaz de establecer conexiones, de identificar un patrón, una regularidad, una relación causa-consecuencia, nos invade la angustia, o la frustración, o el desconcierto; pero si las circunstancias son propicias, también una sensación de indefensión y de estar a merced de lo desconocido e imprevisible: sentimos miedo.

El terror y el misterio están entonces conectados: decíamos en la primera parte de este artículo que una de las principales fuentes del miedo es lo desconocido; el misterio, aquel secreto recóndito e inexplicable, es su máximo exponente. Y cuando encierra posibilidades terribles, entonces es un motor del horror.

Desafío y frustración

Al igual que no todo lo desconocido produce miedo, no todos los misterios conducen al terror.

Cuando en un relato se plantea una situación que no se puede explicar de ninguna manera, o bien la explicación más probable resulta descartada, o bien se tienen distintas posibles explicaciones (muy diferentes entre sí) y ninguna prima sobre la otra, estamos ante un misterio básico.

Encontramos el ejemplo clásico en el relato policial (que, en general, no nos atemoriza): hay un crimen sin explicación; un sospechoso habitual que será convenientemente exculpado; un acertijo por resolver. Toda la historia se centra en averiguar qué es lo que ha pasado, por qué, quién, cómo, dónde, para qué…

Mientras no se respondan las preguntas —o mientras las posibles respuestas compitan entre sí y cada nuevo sospechoso parezca tan culpable como el anterior— perdurará el misterio. Este solo se desvanece cuando se halla la explicación o, al menos, se establece una hipótesis muy probable.

Todo misterio nace como un desafío. De ahí radica la fascinación que despierta en primer lugar: lo inexplicable nos interpela, nos obliga a buscar una explicación; lo desconocido nos impulsa a querer conocer más. En la novela policiaca, el desafío tiene fecha de caducidad: uno sabe que en las últimas páginas estará la respuesta y juega (con desventaja) a vencer al narrador, a descubrir el misterio antes del final.

Pero si el desafío se prolonga en el tiempo, si el juego se extiende indefinidamente, la fascinación inicial deja paso a la frustración: es en este momento de desesperación cuando nuestra cabeza permite la entrada de hipótesis más arriesgadas o inverosímiles: lo sobrenatural, lo paranormal, lo infinitamente complejo y retorcido. Tenemos tal necesidad de saber, que nos abrimos a lo impensable.

Casi siempre, este tipo de explicaciones no son concluyentes, ni mucho menos: son apenas hipótesis extremas que buscan dar sentido al sinsentido, pero no hay garantías de que sean verdaderas o definitivas.

Así se prepara, entonces, el terreno para el misterio en los relatos de terror.

El misterio del misterio

Cuando el misterio presenta una posibilidad amenazante, cuando algunas de aquellas hipótesis desesperadas —esas explicaciones extremas que la mente pergeña para intentar comprender y así poder actuar— toman la forma de peligros ocultos, acechanzas o advertencias, hace su entrada el pavor. Veamos una simple historia como ejemplo:

Una lámpara de nuestra casa se enciende sola a mitad de la noche. Primero estaremos ante un desafío: ¿cómo y por qué se encendió la lámpara? Después, aún serenos, analizaremos las posibles explicaciones: la encendió otro habitante del hogar; el interruptor no quedó bien presionado en el apagado; nunca estuvo apagada realmente, etc. Pero después de comprobar una a una, concluimos que ninguna respuesta es correcta.

A medida que vayamos descartando las hipótesis más razonables, sentiremos frustración: pese a que necesitaremos saber qué pasó para que la luz caprichosa no vuelva a sacarnos del sueño, no conseguiremos saberlo. Así que seguiremos buscando respuestas hasta que, desesperados, recurriremos a otras conjeturas menos probables o verosímiles… y más aterradoras: alguien desconocido entró en la casa; hay un fantasma o poltergeist; las máquinas cobraron voluntad y actúan por su cuenta…

En el ejemplo, como se ve, no indico cuál es la opción acertada: el misterio permanece abierto, vivo. Y con el misterio, el miedo asociado a él.

Mi opinión es que el miedo que deriva del misterio es el que alcanza los niveles más elevados de sugestión en los lectores, el que permanece más allá de la lectura del relato. ¿Por qué? Porque mientras perdure el misterio, la mente del lector estará trabajando en construir un abanico de explicaciones posibles, exprimiendo su imaginación para dilucidar las causas verdaderas, procesando en un segundo plano cualquier dato o indicio que se vuelca en la narración para ver si encaja con sus teorías. El grado de compromiso del lector frente al misterio es siempre muy alto. Y si jamás se resuelve, el lector volverá a él una vez terminada la lectura.

No aclaremos que oscurece

A diferencia de la novela policiaca, donde es las reglas de género obligan a explicarlo, en las historias de terror es mejor que el misterio jamás se resuelva.

Seguro que a todos nos pasó esto alguna vez: al empezar la lectura de un relato (o al inicio de una película) quedamos atrapados con el enigma que se nos plantea; pero, a medida que avanzamos y los hechos se van aclarando, podemos ir perdiendo interés; finalmente, una vez resuelto el caso, nos decepcionamos —pienso, por ejemplo, en los capítulos de Scooby-Doo—. Es un riesgo muy habitual que corre cualquier autor de novelas de misterio.

Volvamos a la lámpara: en mi deambular por la casa, descubro que la lámpara fue encendida por un intruso. El misterio relativo a quién activó la llave concluye y, con él, muere el miedo de no saber qué fuerza accionaba el interruptor.

Puede que surja, entonces, un segundo misterio asociado al intruso: quién es, qué quiere, qué ha venido a hacer; si entre las posibles respuestas a esas preguntas vuelve a haber opciones espeluznantes (es un asesino en serie, o un ex maltratador, o un vecino envidioso) también reaparece el miedo.

Y otra vez, identificado el intruso, el misterio se disuelve y el miedo adopta ya otra forma: deja de ser un terror difuso basado en la ignorancia absoluta, y pasa a ser el derivado de una amenaza directa y concreta: el asesino oculto en una habitación esperando para hundirnos un puñal.

En la pequeña historia de la lámpara, a medida que íbamos sabiendo más, puede que el cuento nos gustase menos. Por ejemplo, si tememos más a los fantasmas que a los intrusos, seguro que nos decepcionó saber que el culpable era de carne y hueso.

Es decir: mientras podíamos imaginar un conjunto de opciones (a cuál más disparatada, a cuál más sugerente) nuestra mente disfrutaba con la creación y puesta a prueba de las hipótesis, aunque ello trajera aparejado el horror. Nuestra cabeza de lectores empatizaba (y sentía miedo) con el protagonista, porque realmente nos estábamos poniendo en su lugar, maquinando por él. Pero una vez que fuimos cerrando las opciones y la explicación aniquiló el misterio, la identificación con la situación del protagonista pudo hacerse más débil, distante, incluso nula.

En otras palabras: se deshizo la magia.

Digresión cósmica

Desde adolescente fui gran lector de los relatos de H.P. Lovecraft. Se trata de un autor con mucho ingenio (aunque una pluma menos hábil), creador o máximo exponente de lo que se dio en llamar horror cósmico o cosmicismo.

Sus textos suelen presentar una profusión de adjetivos que las versiones en español traducen como luctuoso, ominoso, abyecto o abominable, y que reflejan en general las limitaciones del escritor, entre barroco e incapaz de construir con imágenes lo luctuoso u ominoso. También abunda en palabras como desconocido, indescriptible, innombrable, impronunciable, invisible. En este caso, algunos analistas creen ver otra vez las restricciones narrativas de un autor mediocre, un atajo o coartada de Lovecraft para evitar adentrarse en narraciones complejas de monstruos, geometrías, mundos o acontecimientos fabulosos. Pero si uno profundiza en los textos de este autor, descubrirá la reiterada y detallada descripción de monstruos gigantescos con alas membranosas y tentáculos, criaturas de simetría radial, humanoides con rostro de pez, estatuillas, bajorrelieves y pinturas…

Por eso otros creen —en mi opinión, acertadamente— que Lovecraft omite deliberadamente la descripción en muchas de esas ocasiones porque es la manera más eficiente de construir sus historias de horror. En sus escritos propone realidades de otros mundos (de otros universos o de otras dimensiones) completamente diferentes a las que conocemos, tan distantes de nuestra lógica habitual que no hay manera de encontrar palabras para definirlas: no hay con qué compararlas, no hay cómo asirlas, aprehenderlas, narrarlas, describirlas…

Los mejores relatos de Lovecraft son, precisamente, aquellos donde nos pone frente al misterio cara a cara pero evita darnos mayores pistas para develarlo. Deja entrever lo suficiente como para que nos horroricemos —nos advierte sobre deidades antiquísimas, sectas sanguinarias, extraterrestres en nuestros sueños— pero no tanto como para que sintamos desaparecer la amenaza.

Los cuentos de Lovecraft, casi siempre ambientados en su presente (principios del siglo XX) juegan a enloquecer al lector, a decirle que esa realidad ominosa e indescriptible está oculta en alguna parte, aquí y ahora, dispuesta a aflorar con consecuencias impredecibles. Así es como en algunos de sus grandes trabajos —El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth, La llamada de Cthulhu o En las montañas de la locura— Lovecraft consigue atemorizar al lector no tanto por lo que sus personajes padecen en la narración, sino por el misterio que plantea (y deja sin resolver), situándolo en el presente, latente, dispuesto a manifestarse otra vez.

No expliques el chiste

Lovecraft, fiel a su concepción cósmica, nos deja ver una parte del todo, pero no todo: un su universo creativo, la humanidad es apenas un accidente en una realidad mucho más vasta, tanto en el tiempo como en el espacio. En sus relatos podía explicar parte del misterio, un incidente concreto, pero no todo el universo.

Si Lovecraft hubiera escrito la historia de nuestra lámpara, habría aclarado, quizás, el primer misterio: la lámpara fue encendida por un ente del espacio exterior que se apropia de nuestro cuerpo durante el sueño.

Pero jamás nos habría explicado el segundo misterio: por qué ese ente quiere venir a la Tierra.

Y si lo hubiera hecho, habría cometido un error (en su intención de sembrar el miedo): siempre que entendemos algo, recobramos la tranquilidad de saber cómo actuar, y el miedo desaparece.

Por ejemplo: si viene el apocalipsis zombi, sabemos que hay que juntar agua potable, munición, armas cortantes (a ser posible de largo alcance) y apropiarse de un puesto fácil de fortificar. Y si no hay nada que podamos hacer, porque la Tierra está a punto de ser engullida por otro planeta (como en la película Melancolía), al menos podemos disfrutar los últimos días e irnos en paz.

Deshacer el misterio en los géneros de terror equivale a explicar el chiste.

La gracia de cualquier chanza consiste en la satisfacción que produce en el oyente establecer las conexiones mentales necesarias para comprenderla. Por tonto que sea, el chiste es un enigma oculto tras un juego de palabras que debemos resolver. Veamos un ejemplo simple:

—¿Alguna vez viste a un elefante escondido tras una flor?

—No.

—¿Viste qué bien que se esconde?

Si este pequeño diálogo provoca una mueca de risa (lo siento, los chistes no son lo mío), todo el mérito está en la recompensa que nos ha dado nuestro cerebro por haber sido capaces de conectar las distintas acepciones de ver, esconderse, grande, pequeño, elefante, flor, e incluso posible e imposible. Ahora bien, si yo explicase el chiste, la magra mueca de nuestro rostro se esfumaría por completo: desaparecería la satisfacción de conectar, de elaborar, de imaginar.

De igual modo, el terror provocado por un misterio amenazante no sobrevive a la explicación de ese misterio: como lectores, nos da placer (y pavor) explorar las posibles explicaciones espantosas para ese misterio; pero si este se resuelve, si el autor nos impide seguir jugando a las adivinanzas, si elimina la posibilidad de que sintamos la amenaza en nuestras carnes, entonces nos decepcionaremos.

Decálogo misterioso

Pasemos en limpio todo lo que se ha dicho hasta aquí:

  1. Un misterio es aquello que no podemos explicar.
  2. Como tal, es un desafío estimulante, porque nuestra mente necesita saber y entender para actuar.
  3. Si las respuestas simples o lógicas no consiguen aclarar el misterio, sentimos frustración.
  4. La frustración conduce a la desesperación, y en este contexto comenzamos a considerar explicaciones más complejas o menos lógicas.
  5. Si entre esas nuevas teorías aparecen explicaciones que entrañan una amenaza, podremos sentir miedo.
  6. En el marco de un relato de terror, el misterio es un estímulo para la imaginación del lector, fuente de placer y pavor a la vez. El misterio sugestiona al lector.
  7. A diferencia del género policial, donde el misterio tiene que resolverse, en las obras de terror es recomendable que no se descubra por completo.
  8. Si un misterio terrorífico permanece vivo, abierto, el lector disfrutará más o, cuanto menos, se evitará el riesgo de decepcionarlo con una explicación pobre.
  9. Por ello, es mejor aclarar el misterio parcialmente, lo suficiente como para crear un universo literario propio (como hizo Lovecraft, por ejemplo), pero no tanto como para «explicar el chiste».

A todo esto, falta añadir el décimo punto, el que en realidad es común a cualquier proyecto literario o creativo en general:

  1. El misterio y el miedo, como cualquier otro recurso, tienen que estar al servicio de un mensaje, de un objetivo, de una poética, de una idea guía que estructure nuestra narración y le dé sentido.

El misterio y el miedo, por sí solos, nunca van a construir un buen relato.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s