Publicación independiente (I): filtros y calidad

Este artículo comenzó como respuesta a un debate que surgió entre un grupo de escritores independientes, en un foro de internet. Cuando me di cuenta de lo extensa que se volvía mi réplica, me pareció más pertinente convertirla en un artículo de este blog: como suelo repetir, hay que tener en cuenta el medio en el que uno escribe; en un foro de internet, sobre un tema específico, no conviene explayarse demasiado ni irse por las ramas.

De modo que —primera advertencia— este texto recoge algunos de los puntos de vista reflejados en el debate y los discute. Intentaré exponerlos brevemente y de la forma más imparcial posible.

Resumen del debate

En el foro, los escritores discutían acerca de la autopublicación —que muchos llamaban autoedición: sobre esta confusión terminológica hablaré en los siguientes apartados—. El disparador del debate fue un pequeño artículo titulado «No creo en la autoedición». Su autor sostenía principalmente estos puntos:

  1. Detrás de un sello editorial (de una empresa editora tradicional) existen criterios a la hora de seleccionar el material a publicar, y entre tales criterios está la evaluación de la calidad de lo escrito.
  2. El trabajo de las editoriales (su función o responsabilidad social) es filtrar el material existente y colocar en el mercado solo aquello que alcance unos niveles de excelencia
  3. Las empresas que ofrecen servicios de autopublicación persiguen legítimamente, pero también únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar.
  4. Mediante la autopublicación, cualquier autor puede realizar su sueño y tener un libro «para el goce personal y alimentación del ego» independientemente de la calidad del libro.
  5. Todos los escritores buscan que los lean, y ello equivale a buscar la aprobación de los demás.
  6. Todos los autores quieren que sus trabajos se publiquen en papel: el libro físico es lo que nos realiza como escritores, nos garantiza la perdurabilidad; mientras que la publicación digital es efímera.

En este resumen, espero que bastante fiel al espíritu del artículo, he marcado en negrita algunas palabras que emplea el propio autor y que, a mi juicio, son clave para analizar el tema que nos interesa.

En la primera parte de este artículo, me dedicaré a discutir los puntos 1, 2 y 3; en la segunda parte, volveré sobre el punto 3 y continuaré con los restantes.

Editar y publicar

Empecemos por lo menos importante, aunque sí sustancial: como ya habrán leído quienes están suscritos a mi newsletter, existe una diferencia importante entre editar y publicar. Buena parte de los comentarios del debate (de hecho, había un comentarista que insistía bastante en ello) consistían en corregir o precisar el empleo de términos: editar y publicar (y, por lo tanto, auto-editar y auto-publicar) no son sinónimos.

La edición, en nuestro ámbito, es el «texto preparado de acuerdo con los criterios de la ecdótica y de la filología». O, en términos menos académicos, editar consiste en corregir, enmendar y pulir un texto para que sea técnicamente adecuado: que no contenga fallos gramaticales, ortográficos, tipográficos, de estilo.

La publicación, en cambio, es la «acción y efecto de publicar» y publicar es hacer algo público, sacarlo de la esfera privada y darlo a conocer.

Dicho así, edición y publicación (editar y publicar), parecen cosas claramente distintas. ¿Dónde está entonces el origen de la confusión? En que, como cualquier palabra, cada una de este par tiene muchas acepciones.

¿Cuándo se confunden más habitualmente? Cuando se emplean como sustantivo para referirse a una obra: la segunda edición, la edición anotada, la edición de lujo… o bien la publicación periódica, la publicación sectorial… Si bien no es exactamente lo mismo, uno puede decir que un libro es una publicación (como lo es una revista, un catálogo o un folleto) y a la vez una edición (primera, crítica, ilustrada). Y de ahí caemos en el error común de confundir edición y publicación, como si fuesen una y la misma cosa.

Hecha la aclaración terminológica, se entiende que el escritor que abrió el debate quiso decir «No creo en la autopublicación».

Paréntesis: Podríamos hablar sobre la autoedición, sobre las ventajas y desventajas de corregir y pulir el propio texto. Es un tema apasionante para quienes estamos en este oficio y sobre el que tengo experiencias de todo tipo. Pero eso será otro día, en otro artículo.

Primera matización

No estoy enteramente en desacuerdo con las ideas que abrieron el debate. Pero es necesario introducir algunos matices y aclaraciones, y deshacer algunas simplificaciones o generalizaciones excesivas.

Los tres primeros puntos de aquel artículo se referían a las empresas editoras, las que publican libros. En el mundo editorial existen múltiples modelos empresariales. Aquellas en las que pensamos cuando decimos sellos editoriales o editoriales (a secas) son un conjunto acotado de empresas con un modelo de negocio específico, que esquematizo así:

  • Producto: libros literarios, técnicos, científicos, divulgativos o filosóficos.
  • Ciclo económico: por lo general invierten primero (adelantos al autor, gastos de diseño, maquetación, corrección, impresión), y recuperan la inversión mediante la venta serializada de un producto acabado (y sus derivados, y su merchandising, llegado el caso).
  • Riesgo: la diferencia de tiempo entre la inversión y su recuperación, y la posibilidad de que el dinero no se recupere, implica un riesgo que la empresa editora debe asumir. Ello, como veremos, las lleva por lo general a intentar reducir todo lo posible dichos riesgos.

Entre las empresas con este modelo de negocio, podemos encontrarnos desde grandes grupos multinacionales, hasta pequeñas cooperativas. En general, lo que caracteriza a todas es su apuesta por un determinado tipo de publicaciones (sea por género o estilo literario, ideología, público destinatario, etc.). Cuando una editorial o grupo tiene más de una línea o tipo de publicación, suelen agruparlas por colecciones o bajo distintos sellos del mismo grupo.

Pero más allá de estas empresas, también es una editorial la que publica un periódico (diarios, revistas) y que vive más bien de los ingresos por publicidad (los anuncios que se publican en sus páginas) que de la venta directa de ejemplares.

Y también es una editorial la que realiza publicaciones por encargo —yo trabajé en una de ellas—. En este caso, la empresa puede invertir primero y recuperar la inversión a posteriori (factura contra entrega); otras veces financia sus productos mediante la venta de publicidad (lo que se denomina a coste cero para el promotor de la publicación); y a veces cobra por adelantado, entregando un producto llave en mano. Entre estas empresas, se encuentran las que se dedican a prestar servicios de autopublicación.

Por otra parte, hay muchos perfiles profesionales involucrados en la edición, desde los escritores a los libreros, pasando por los editores, correctores, maquetadores, revisores, directores de arte, ilustradores, publicistas, agentes literarios, consultores y asesores editoriales, comerciales, etcétera. Puede que todos estos perfiles convivan en una única empresa o grupo, o puede que haya empresas especializadas en algunos de ellos. En ocasiones, incluso los grupos multinacionales contratan los servicios de algunos freelancers para desarrollar tareas parciales en la edición de una publicación.

Ahora bien, todas las empresas y todos los profesionales tienen en común que deben facturar, pagar impuestos, salarios y obtener un mínimo de beneficios para seguir funcionando. Ningún emprendimiento empresarial, por nobles objetivos culturales que se proponga, puede eludir el factor de viabilidad económica necesario para su desarrollo. Y no es un dato menor.

Libros de bolsillo autopublicados que parecen productos de editoriales tradicionales.

El filtro profesional

Estoy de acuerdo en que las (llamémoslas) editoriales tradicionales tienen filtros: no publican todos los manuscritos que les llegan. Pero aquí discrepo en que el único o principal criterio de selección sea la calidad.

En la gran mayoría —especialmente en los grandes grupos editoriales que dominan el mercado—, el principal criterio es el mismo que en Hollywood: la perspectiva de rentabilizar la inversión. Para ello es necesario que el libro (como la película) resulte atractivo para el mayor número de personas posibles.

Paradójicamente (según el prisma con que lo miremos), en muchos casos eso significa sacrificar calidad: una obra demasiado vanguardista, arriesgada o solamente accesible para un grupo reducido de población (geográfica o culturalmente segmentada), podría no encontrar respaldo editorial a pesar de reunir cualidades artísticas óptimas. Pongamos por caso la poesía: no es un género masivo y no se apuesta por él en el mismo grado que se invierte en las novelas históricas o los romances paranormales, las sagas de crímenes o fantasía, etc. Puede haber muy buenos poetas, con una calidad excelente, que no encuentren suficiente apoyo para su trabajo, o que apenas puedan aspirar a ediciones pequeñas y promoción limitada.

Como empresas, las editoriales deben vender un producto demandado en el mercado. Por eso buscan entre los manuscritos aquellos que puedan brindar el producto que, según estiman los encargados de ventas, el público espera.

Ello no quita que haya pequeñas editoriales, o líneas de negocio específicas dentro de los grandes grupos, que arriesguen un poco más; o que atiendan a un segmento específico, minoritario, pero con poder adquisitivo; o que estén atentas a nuevas sensibilidades, gustos y demandas emergentes. En cualquier caso, la lógica siempre es la de mercado: hay un consumidor potencial, hay un producto que ofrecer, hay unos costes asumibles, hay un precio conveniente.

Podemos concluir este apartado, entonces, con una afirmación clara: la calidad de lo escrito no es necesariamente el principal criterio de selección que emplean las editoriales para filtrar manuscritos; de hecho, el primero y principal es económico.

Digresión: Utilizo el ejemplo de Hollywood porque es revelador: las películas de superhéroes que últimamente dominan las carteleras son producciones costosísimas, con actores de primera línea, efectos de última generación… pero unos guiones muy pobres, que a veces insultan la inteligencia del espectador.

No digo que el panorama literario sea exactamente igual de denigrante, pero sí tiene algunos puntos de contacto. Por un lado, se repite la lógica de ofrecer más de lo mismo, fórmulas que funcionan, y de explotar y reexplotar a los productos exitosos del pasado: reediciones, ediciones de lujo, ediciones ilustradas, ediciones completas, edición aniversario, edición ampliada, secuelas, precuelas, spin-off, etc. Equivale a lo que, en cine, son las remakes, remasterizaciones, versiones extendidas, versión del director, franquicias, y así siguiendo.

La calidad

Quienes argumentan en contra de la autopublicación la acusan de suprimir un filtro necesario: las librerías (más las digitales que las físicas) se están llenando de materiales mediocres o malos desde que la tecnología permite a cualquiera publicar un libro por su cuenta.

Ahora bien, ¿por qué son mediocres o malos esos libros autopublicados?

Muchos de ellos destacan (negativamente) por su presentación: antes de que empecemos a leerlos (si es que llegamos a leerlos), salta a la vista que han sido realizados sin edición, sin corrección ortográfica, ni tipográfica, ni de estilo, sin maquetación profesional, con portadas diseñadas e ilustradas sin criterio…

No vamos a negar la realidad: muchos de los libros que se autopublican actualmente no reúnen unos estándares mínimos que nosotros, como lectores, esperamos encontrar en cualquier otra publicada. Es lo que Mariana Eguaras señalaría como no «publicar con calidad editorial», es decir, no cuidar la presentación del libro, tanto desde su contenido (correcta redacción) hasta sus componentes visuales, etc. (tanto en el libro de esta autora como en su blog hay mucha información pertinente para saber en qué consisten estos estándares mínimos, por lo que no me detendré en ellos).

Podría decirse que una publicación realizada por una editorial tradicional siempre posee (o se espera que posea) una mínima calidad de edición. Un libro autopublicado, en cambio, no siempre. O, visto desde el punto de vista del lector, uno espera que un libro publicado por una editorial tradicional siempre tenga una calidad de edición mínima, incluso alta; pero no espera lo mismo de una autopublicación.

Sin embargo, cuando un libro autopublicado sí reúne los estándares de calidad editorial mínimos, pasamos a valorar su contenido en sí: aquí la cuestión de su calidad literaria se vuelve más discutible.

La calidad literaria es siempre una incógnita: uno puede confiar en que determinado sello editorial realiza una selección que siempre concuerda con nuestros gustos y preferencias, y pese a ello su próximo libro es un enigma. Más de una vez, como lectores, nos hemos decepcionado incluso con obras de autores en quienes confiábamos.

Por otra parte, muchos escritores independientes que se autopublican en la actualidad no cuentan con el aval de un sello editorial porque han decidido saltarse el paso de llevar su manuscrito a varias editoriales tradicionales (y sufrir los sucesivos rechazos) antes de lanzarse por su cuenta: podría darse el caso de que un libro reuniera las características de calidad literaria y viabilidad económica para una editorial tradicional, y que sin embargo no llegara a ella por decisión del autor. Es decir: podría haber obras brillantes autopublicadas, cuyo autor no dio oportunidad de valorarlas previamente a los sellos editoriales convencionales.

No todo lo que se publica tiene la misma calidad. Incluso cuando lo respalda un sello importante.

Finalmente, hay que hacer una reflexión sobre la calidad literaria de lo que se publica actualmente por los grandes sellos editoriales. Evidentemente, hay que satisfacer a todo tipo de públicos, con sus diferentes niveles culturales, educativos, preferencias estéticas, etc. No todo el mundo quiere leer Rayuela de Julio Cortázar, ni tampoco El pollo Pepe de Nick Denchfield. Y también hay que reconocer que una obra de calidad literaria probablemente está publicada por un sello tradicional.

Pero hay una pregunta legítima: ¿cuál es la «medida» de la calidad literaria de lo que debe publicarse? ¿La saga Crepúsculo? ¿O su fan fiction reciclado en forma de 50 sombras de Grey? ¿Las ocurrencias banales de un youtuber recogidas en un libro impreso? ¿Las memorias firmadas (que no escritas) por un personaje de farándula contando indiscreciones de su vida privada? ¿El enésimo libro oportunista que pretende explicarnos (o dramatizar) determinado tema de actualidad (la pandemia, la cibervigilancia, el ISIS o cualquier asunto similar), o que nos ofrece una biografía de un famoso muerto recientemente (o cuyo aniversario se cumple en este año)?

¿No les ha pasado que, al recorrer una librería, un alto porcentaje de los títulos que están en las estanterías no resultan para nada atractivos y que, de entre esos, la mitad les provoca directamente rechazo? ¿Y han notado que casi todos ellos han sido publicados por grandes grupos editoriales?

Como conclusión a este apartado, creo que debemos distinguir entre la calidad del producto (revisión otrotipográfica y de estilo, diseño, maquetación, impresión, acabados) y del contenido: las editoriales tradicionales garantizan lo primero, pero no lo segundo. El contenido que comercializan es el que esperan vender, ni más ni menos, y puede ser tanto El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, como El libro troll, de El Rubius.

En la segunda parte de este artículo trataré sobre la diferencia entre la autopublicación a secas y la publicación independiente, y sobre cómo autopublicarse no tiene por qué suponer necesariamente una merma de calidad, ni literaria ni editorial.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

4 Pensamientos

  1. La calidad literaria siempre es una cuestión subjetiva, incluso la calidad estética editorial y, al final, quien tiene el poder de decisión es el lector, él es el único realmente soberano. 🙂
    Me ha gustado mucho el artículo y espero la segunda parte y más. Ya he agregado tu blog a mi lector de feed. Doble agradecimiento por la mención a mi libro y al blog, Julio César: por la citación y porque debido a ello descubrí tu página. Saludos y buen verano.

    1. Muchas gracias, Mariana. Es un orgullo que te haya gustado mi artículo: admiro y respeto mucho la gran labor de divulgación que se realiza a través de tu blog, y encontré muy útil tu libro. Por lo tanto, las menciones son necesarias y sinceras.
      En cuanto a la calidad literaria, más allá de la subjetividad y los gustos personales (no es mi intención denostar a los seguidores de ‘Crepúsculo’, ‘El pollo Pepe’ o ‘El ciempiés humano’), creo que sí podríamos poner el acento en el cuidado: incluso las películas de superhéroes están hechas con esmero (al menos en sus aspectos visuales).
      ¡Gracias de nuevo y buen (resto de) verano!

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s