Publicación independiente (II): creer en sí mismos

En el anterior artículo dedicado a la publicación independiente, comencé discutiendo algunas ideas sobre la autopublicación que habían surgido en un debate entre escritores independientes, en un foro de internet.

Me quedaban pendientes de analizar los siguientes argumentos, sostenidos por aquellos que minusvaloraban o descreían de la autopublicación:

  1. Las empresas que ofrecen servicios de autopublicación persiguen legítimamente, pero también únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar.
  2. Mediante la autopublicación, cualquier autor puede realizar su sueño y tener un libro «para el goce personal y alimentación del ego» independientemente de la calidad del libro.
  3. Todos los escritores buscan que los lean, y ello equivale a buscar la aprobación de los demás.
  4. Todos los autores quieren que sus trabajos se publiquen en papel: el libro físico es lo que nos realiza como escritores, nos garantiza la perdurabilidad; mientras que la publicación digital es efímera.

Tal como afirmaba en la primera parte de este artículo, estoy parcialmente de acuerdo con algunas de estas afirmaciones, pero hay ideas que me parecen muy discutibles. Vayamos de a poco.

Segunda matización

Deberíamos hacer una matización entre lo que es autopublicación, a secas, y lo que podríamos llamar publicación independiente. Esta última sería un tipo específico de autopublicación, similar a la producción independiente en el panorama musical o cinematográfico:

  • Autopublicarse, como su nombre indica, es «hacer pública» una obra propia. Incluye desde un blog (o una entrada en Facebook, o en Instagram) hasta la impresión de un libro, pasando por el libro digital, un fanzine, una hoja fotocopiada en una cartelera, y lo que la imaginación ponga a disposición del escritor. Hoy en día, los medios tecnológicos permiten hacer pública nuestra obra de diversas formas y con costes nulos o muy reducidos (blogs gratuitos en WordPress o Blogger, impresión bajo demanda, etc.). En ese sentido, autopublicarse está al alcance de cualquiera, tenga o no talento, tenga o no algún mensaje importante que compartir, tenga o no posibilidades comerciales, escriba o no con faltas de ortografía, aspire o no a hacer carrera como escritor.
  • Una publicación independiente, en cambio, es aquella que se publica siguiendo los estándares de calidad y mecanismos profesionales por fuera del sistema de las editoriales tradicionales. Puede ser a través de una editorial pequeña (también llamada «editorial independiente»), mediante iniciativas colectivas (crowdfunding, cooperativas de artistas, etc.) o con los medios del propio autor, que contrata con su dinero servicios profesionales para realizar las distintas fases de producción (edición, corrección, maquetación, impresión…).

Independencia

Es importante hacer una aclaración, especialmente después de haber hecho referencia a la música y al cine independientes: la independencia siempre será «ausencia de dependencia con respecto a algo o alguien». No se puede ser independiente «a secas»; se es independiente (no-dependiente) de algo.

En la industria cultural, el término suele hacer referencia a la independencia con respecto a las grandes corporaciones, ya sean grupos editoriales (Penguin Random House, Grupo Planeta, etc.), productoras de cine (MGM, Warner, Disney, etc.) o discográficas (Sony BMG, Universal Music, etc.), entre otros.

No depender de estos grupos empresariales supone una serie de ventajas y desventajas:

  • Desventajas: la difusión, la distribución y las cuotas de mercado que poseen las obras promovidas por los grandes grupos son infinitamente mayores que las de emprendimientos modestos; la independencia dificulta, por lo tanto, la publicidad de nuestro trabajo, su alcance, su llegada al público;
  • Ventajas: como se verá, las ventajas están asociadas a una mayor libertad tanto en los tiempos y modos de trabajo, como en materia de creatividad, ya que las grandes compañías suelen reducir riesgos, apostar sobre seguro, estandarizar, incluso censurar…

La publicación independiente puede ser resultado de una reflexión, bien una cuestión de principios, bien una apuesta ideológica, o bien una estrategia meramente práctica:

  1. puede basarse en el deseo del autor de no renunciar al control completo de su obra: las editoriales tradicionales suelen intervenir en el ritmo de producción y en el texto —sugerir cambios en la trama, adaptaciones en el estilo, eliminación de palabras o personajes que podrían resultar ofensivos, finales alternativos, etc.—; además, deciden sobre el arte de cubierta, la inclusión o no de ilustraciones, el estilo de maquetación, acabados… En definitiva, si el autor tiene claro cómo quiere que se vea su publicación, sabe cómo llevarlo a cabo y cuenta con la ayuda profesional que necesita para ver su idea plasmada, puede optar por el camino de la autopublicación profesional o publicación independiente;
  2. en otros casos, dado el contenido de la obra (contracultural, antisistema, políticamente incorrecto, subversivo, revolucionario, no-comercial, etc.), la independencia con respecto a las empresas tradicionales es una elección intencionada e irrenunciable; de hecho, algunas publicaciones independientes son claramente enemigas de los grandes grupos, o de la industria cultural en su conjunto;
  3. finalmente, hay autores que optan por la publicación independiente ante el rechazo o (lo que es más frecuente) la indiferencia de las editoriales tradicionales: muchas de ellas directamente no aceptan manuscritos, y las que los aceptan no se comprometen a dar respuesta, o dan respuestas estandarizadas como «en estos momentos tenemos cubierta la producción para los próximos x meses» o «su trabajo no encaja con nuestra línea editorial». En cualquier caso, un autor con fe en su obra puede optar por publicarla de forma independiente, sin abandonar necesariamente su deseo de firmar (algún día) un contrato con una multinacional.

Ahora bien, eso nos lleva a otro punto interesante: ¿de verdad la autopublicación solo busca «el goce personal y alimentación del ego»? ¿Realmente todos los autores que se lanzan a la difícil tarea de crear un producto literario, de llevarlo al mercado, y de promoverlo con más o menos ayuda profesional, lo hacen solo por vanidad?

Creo que no es así, al menos para aquellos a quienes podríamos llamar escritores independientes.

Los caminos de la autopublicación son infinitos: los graffiti, por qué no, son uno de ellos…

El escritor independiente

Los escritores independientes son aquellos que no tienen contrato con una de las editoriales tradicionales, especialmente con los grandes grupos.

Podríamos indicar, grosso modo, dos tipos de escritores independientes:

  1. están los que firman alguna clase de contrato puntual para la explotación de obras concretas con editoriales pequeñas —editoriales que siguen el modelo de negocio tradicional y también se llaman a sí mismas independientes, porque no forman parte de ningún grupo empresarial—;
  2. y están aquellos escritores independientes que directamente se autopublican.

Los primeros cuentan con el respaldo técnico de las editoriales independientes y pueden aspirar a que su producto tenga una calidad mínima; además, no tienen que ocuparse de la distribución, cuentan con apoyo para la promoción, etc. El alcance de la distribución y promoción es limitado (normalmente se circunscribe a áreas geográficas específicas), pero al menos hay una estructura previa que da soporte al autor. Los segundos, en cambio, tienen una obra titánica por delante.

Lo que ambos tienen en común es que quieren hacer carrera como escritores.

En este sentido, autopublicarse no tiene que suponer una merma de calidad, ni literaria (contenido) ni editorial (producto). Hay muchos profesionales que ofrecen servicios para leer manuscritos, realizar observaciones, sugerencias, correcciones, diseño, maquetación, impresión, etc., a fin de que el libro publicado (autopublicado) alcance unos mínimos estándares aceptables por los lectores medios (citábamos en la primera parte de este artículo, como referencia para saber cuáles son esos estándares mínimos, a Mariana Eguaras).

Importante: Los autores que aspiran a (auto)publicar una obra de calidad, deben someter su trabajo al escrutinio profesional y aceptar este juicio antes de publicar; dejarse asesorar por especialistas y, sin perder control de su obra, entender qué no funciona, los problemas de lectura que presenta (y por qué posibles vías solucionarlos), qué formatos son más apropiados para su difusión, etcétera, etcétera, etcétera.

Evidentemente, el coste de publicar con estas ayudas profesionales resulta sustancialmente mayor a la autopublicación de un libro a secas (no hablemos ya con respecto a un blog o una página de Facebook). El escritor independiente se convierte, así, en una suerte de autónomo, de emprendedor cultural: invierte en su producto, trabaja con sus proveedores, y recupera su inversión mediante la venta de un producto (su libro). Ana González Duque habla directamente de «el escritor emprendedor».

Bibliografía: Ana González Duque es, de hecho, la autora de un libro titulado El escritor emprendedor, con consejos y claves para aquellos que decidan hacer carrera por su cuenta. También hay guías interesantes y útiles para escritores independientes, como los libros de Autorquía (Manual de Autopublicación) y de Alejandro Capparelli (Cómo ser un escritor independiente). No son muy caros —si se tiene una suscripción a Amazon Kindle, incluso podrían salir gratis en su versión de libro electrónico— y aportan una guía básica bastante útil para los escritores que quieren autopublicarse con estándares profesionales y control de la propia obra, administrando su imagen de marca, desarrollando estrategias online y offline de promoción, etc.

Evidentemente, entre los proveedores de servicios para escritores independientes existe un abanico de empresas y prestaciones (y un rango de precios) tan amplio que no debería generalizarse a la ligera. No todos los servicios están orientados a los mismos aspectos de la calidad del producto, ni tienen el mismo nivel de especialización. Y si bien, como vimos en la primera parte de este artículo, todos tienen que pagar sus cuentas y buscar la rentabilidad para su negocio, no todos adquieren el mismo compromiso con la calidad del servicio que prestan.

Por eso circula la idea entre algunos escritores —en virtud de malas experiencias personales con cierto tipo de proveedores— de que los profesionales vinculados a la autopublicación buscan «únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar».

Efectivamente, puede que ciertas empresas de autopublicación low cost, o incluso algunas líneas de negocio de los grandes grupos, busquen lucrar con aquellos que aspiran a la publicación de vanidad: se trata de otra clase de autopublicación, diferente de la publicación  independiente, y que se destina básicamente para consumo del propio autor, para enseñar a familiares y amigos en las reuniones sociales, para obsequiar como regalo empresarial, etc. Así las cosas, aquellas empresas no ponen mucho empeño en mejorar la calidad de un producto que, de todos modos, el cliente va a pagar porque su objetivo no es enviar un mensaje solvente a un lector ideal, sino el «goce personal y alimentación del ego». Dicho de otra manera, ciertas empresas saben que, para esta clase de publicaciones «vanidosas», no merece la pena esforzarse.

Paréntesis: Para conocer más sobre estas malas experiencias en autopublicación, se puede leer el artículo de Antonio Castro «Autoedición vs. publicación de vanidad». Para la idea de publicación de vanidad, el de Wendy J. Woudstra «¿Qué es una autopublicación o edición de autor?» (o su original en inglés en este enlace).

El sueño del escritor

Concuerdo con una idea central en el debate que nos atañe: todos escribimos para que nos lean. Pero no coincido en que sea la aceptación social o la aprobación lo que todos buscamos. Al contrario, a veces se trata de provocar, de despertar conciencias, de generar polémica. Como demuestran casos históricos, en ocasiones no hay mejor aval para una obra rompedora que su rechazo por los estamentos y/o el público general.

Con ello no quiero decir que toda obra deba ser vanguardista o minoritaria, ni que la aceptación social o la aprobación sean detalles menores: dependiendo del perfil de escritor independiente al que uno aspire, una cosa o la otra (o ambas) pueden ser deseables:

  • los escritores que aspiran al éxito comercial, necesitan de la aceptación social;
  • los escritores que aspiran a «codearse con los grandes» o hacerse un nombre junto a ellos, necesitan de la aprobación que dan, generalmente, la crítica, la academia y/o el establishment cultural.

En estos casos, hablamos de aspiraciones legítimas, pero no necesariamente compartidas por todos los escritores. Hay algunos que se mueven más por vocación artística, que buscan o experimentan saliéndose de los cánones o de las fórmulas contrastadas, que arriesgan o que desafían a las corrientes culturales de su tiempo y espacio: estos no buscan aceptación social ni aprobación.

En cambio, lo que todos los escritores anhelan, sí o sí, lo que de verdad da sentido a su trabajo, es que los lean.

Puede ser gratis, o haciéndose ricos; puede ser a un círculo cercano de diez personas, o a millones de desconocidos: uno escribe algo porque quiere contar alguna cosa a sus semejantes. Si no hubiera un destinatario más o menos concreto, más o menos ideal para nuestro escrito, no tendría sentido escribir.

Y ese, solo ese, es el único y verdadero sueño del escritor: que alguien reciba nuestro mensaje, que alguien disfrute con nuestras palabras, o polemice con ellas, o se quede pensando por nuestra culpa.

Hipótesis: De hecho, lo que distingue al que realiza una publicación de vanidad de un «auténtico» escritor es esta necesidad y esta esperanza: mientras uno (el «vanidoso»), solo necesita tener un ejemplar con su nombre para decir «Soy escritor», el otro (el «auténtico»), necesita lectores.

La publicación independiente es, por lo tanto, un medio válido (a veces desesperado, a veces ilusionante) para alcanzar aquel sueño. Dar a conocer la propia obra por uno mismo, hacerla pública con un mínimo de calidad, es llevarla hasta los posibles lectores a la espera de que se realice, de que viva en otros ojos y complete su viaje.

Desvío: Como vimos más arriba, muchos escritores independientes y prácticos —que se autopublican porque no consiguieron que su obra fuera aceptada por una editorial tradicional— aspiran a ser «descubiertos» o a que su obra alcance tal reconocimiento, tales niveles de venta en plataformas como Amazon, que finalmente un grupo editorial se fije en ellos y les ofrezca un contrato. Pero es una posibilidad tan remota que construir su carrera bajo esa premisa puede acabar siendo innecesariamente frustrante. Al escritor independiente solo debería moverlo su ansia de ser leído, de que sus pensamientos, su mensaje, lleguen al máximo número de personas posible. Por el medio o canal o soporte que sea.

El papel, el objeto-libro, es aún hoy un gran atractivo para buena parte del público lector.

El papel de lo digital

Llegamos así a otro asunto espinoso del debate: ¿realmente nos «realizamos como escritores» solo cuando hemos conseguido publicar un libro en papel?

No vamos a negarlo: el libro físico es uno de los artefactos más antiguos y reputados de la humanidad, y gran responsable de que exista la civilización tal como la conocemos. Su historia, su prestigio, su profunda conexión cultural y emocional con nosotros hace que, difícilmente, encontremos otro objeto equivalente. Nuestra literatura, nuestros mitos, nuestras supersticiones y fantasías, están poblados de libros mágicos; de incunables; de ejemplares con anotaciones célebres en sus márgenes; de ediciones raras, limitadas o únicas; de tomos perdidos; de voluminosas encuadernaciones plagadas de secretos y saberes.

Pero estamos en una era electrónica, donde la información circula y se almacena en forma de bits: toda la biblioteca de Alejandría en su máximo esplendor sería hoy solamente un pequeño fragmento de memoria en un servidor subterráneo. Por ello, no hay que menospreciar la publicación digital.

Entiendo que, por sentimentalismo o tradición, para muchos (y cito al autor del documento que abrió el debate) «el libro físico sigue siendo el documento que nos realiza como escritores, lo que nos hace perdurables, tangibles; por el contrario, cuando lo hacemos en forma digital, nos deja la sensación de lo efímero».

Pero quizás los últimos en aferrarnos al papel como elemento de prestigio seamos los integrantes de cierta generación. Para las nuevas camadas, que viven a través de los dispositivos electrónicos y que quieren todo en la palma de su mano —y que incluso (tal vez) están más sensibilizadas con el consumo de papel y la tala de bosques—, el concepto ya no será igual.

En cualquier caso, es una preferencia personal y discutible: desde mi punto de vista, yo también adoro los libros en papel —y como además soy ilustrador autodidacta, me gustan especialmente las ediciones ilustradas—. Me gusta ver mi obra impresa pero, insisto, esto es muy subjetivo.

Por otra parte, es extraño el vínculo que establecen algunos entre «libro impreso/ perdurabilidad», por un lado, y «libro digital/ efímero», por el otro. El papel se deteriora, se corrompe, se aja, se resquebraja, se humedece, se mancha, se quema… se pierde. La humanidad ha extraviado ya incontables ejemplares únicos de obras que nunca más podremos leer por culpa de la imperfección intrínseca del papel como soporte para almacenar información.

En cambio, la compulsión recopiladora de datos actual, el almacenamiento digital de todo, parece hacernos creer que solo es real lo que está en la nube, online, en internet; si busco algo en Google y no lo encuentro, hay dos posibilidades: o es insignificante, despreciable, de mala calidad, prescindible, periférico…; o bien no existe.

No es mi intención renunciar al papel, ni exaltar lo digital, sino remarcar que el mero hecho de ocupar un espacio (físico) en una estantería (una, quizás solo una estantería en el inmenso universo) no garantiza la eternidad; y que (a menos que colapse nuestra civilización, cosa que no debemos descartar nunca), la existencia digital se antoja hoy mucho más eterna y universalmente accesible que la corporeidad de celulosa.

Paréntesis: En cualquier caso, para los enamorados del papel como yo, hay fórmulas de autopublicación que permiten conseguir un libro impreso con buena calidad, sin mayor coste para el bolsillo de su autor: las que implican impresión bajo demanda o la impresión digital en tiradas pequeñas, por ejemplo. Y no se trata de meras publicaciones de vanidad, sino de un modelo de negocio viable que permite controlar mejor los costes y ofrecer a los lectores un volumen con buenos acabados. Yo he comprado varios libros técnicos impresos bajo demanda y estoy satisfecho con el producto adquirido.

Mediocridad

Para concluir este artículo, vamos a volver sobre el principal punto del debate: la calidad.

Un amigo me decía: «en el mundo siempre hay lugar para un mediocre más». En el panorama literario, ello es válido tanto para las editoriales tradicionales o los grandes grupos, como para las publicaciones independientes.

Vuelvo a insistir: un vistazo por las estanterías de las librerías, quitando las obras clásicas o de autores consagrados (y a veces incluso en estos casos), nos deja un panorama algo desalentador… a pesar del filtro editorial. Lo comercial es, a día de hoy, dominante —conviene leer este polémico artículo de Valentín Pérez Venzalá, sobre los motivos y problemas del modelo actual de producción y venta de libros—.

Por otra parte, las publicaciones de mala calidad, en cualquiera de sus aspectos (contenido, argumento, estilo, edición o corrección, diseño o maquetación, impresión, etc.) se suelen caer por su propio peso: no resisten la crítica, no alcanzan suficiente difusión, y suman detractores antes que seguidores.

La verdadera discusión, desde mi punto de vista, pasa por el mensaje, un aspecto que muchos aspirantes a escritores con los que me encuentro desprecian inexplicablemente. La mayoría de ellos se centra únicamente en el argumento, o en imitar los libros de éxito que les gusta leer, pero olvidan que un escritor escribe para contar algo que va más allá de la anécdota. Una historia de fantasmas puede ser una reflexión sobre la soledad o, como El fantasma de Canterville, una crítica en clave cómica al materialismo moderno.

Ahora bien, una obra pésimamente escrita y editada, pero que resulte polémica, que plantee un tema tabú o candente, puede tener éxito a pesar de su mala calidad. Muchos panfletos con teorías de la conspiración o soluciones mágicas para la vida pueden ocupar los primeros puestos de ventas en librerías digitales: el mensaje que prometen puede hacer atractiva una mala propuesta.

Personalmente, ya sea como autor o como asesor editorial, siempre estoy pendiente del mensaje y de cómo hacerlo llegar de forma eficaz: ¿para qué escribo esto? ¿Qué quiero contar con ello? ¿A quién quiero hablarle, qué espero conseguir con mi relato? Y aun cuando pensáramos, como Borges, que ya está todo dicho, que finalmente todas son permutaciones de la misma trama, todas las discusiones son variantes de las mismas ideas, ¿qué puedo aportar yo, a mis contemporáneos, para que vuelvan a pensar sobre aquello que nuestros antepasados ya pensaron?

Si uno tiene un mensaje profundo que transmitir, o una aproximación original a un tema, debe publicarlo por el medio que tenga a su disposición. Ahora bien, para que ese mensaje llegue a destino, para que sea efectivo y eficaz, es necesario que esté bien construido, que no presente problemas de lectura, ni ambigüedades, ni distracciones, ni errores: a ello nos referimos cuando hablamos de un mínimo de calidad editorial.

También es importante cerciorarse de que ese mensaje es relevante, que aporta algo, que merece ser contado: y para ello hay múltiples vías, no solo la aceptación (o rechazo) de una editorial tradicional: hay lectores cualificados, asesores, consultores y otros profesionales que pueden orientar al escritor independiente en este sentido.

La publicación independiente es un buen camino para transmitir nuestro mensaje (nuestra visión del mundo, nuestras preocupaciones) si se hace con rigor y buscando la profesionalidad: es cierto que implica un esfuerzo personal y económico mucho más grande por parte del autor, pero las nuevas tecnologías y las formas de colaboración actuales permiten reducir costes, a la vez que posibilitan un contacto más directo con los futuros lectores.

Decían los escépticos del debate que la autopublicación equivale a un cierto «autoengaño». Pero si no fantaseamos con que ella nos va a dar fama y dinero, que nos va a llevar a las portadas de las revistas culturales o los suplementos literarios, no hay autoengaño. Si asumimos que el objetivo a conseguir mediante la publicación independiente es, simplemente, que nos lean, no hay autoengaño.

No lo olviden: siempre hay lugar para un mediocre más, siempre hay alguien dispuesto a leernos.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

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