Libretas y cuadernos: trozos de creatividad

Cuando alguien me pregunta cómo empezar a escribir, suelo darle como primer consejo que no intente hacer una obra completa: ni una novela larga, ni una corta, ni un relato, ni un cuento; incluso ni siquiera un microcuento.

Mi consejo es que escriba fragmentos, trozos de idea, una descripción aislada, un diálogo sin contexto, el esbozo de un argumento, una frase ocurrente que se le vino a la cabeza y no sabe para qué le va a servir.

También suelo recomendar que escriba estos fragmentos en caliente, es decir, tan pronto como surge la idea y/o la necesidad de plasmarla: no hay que dejar escapar nada pensando que más adelante lo recordaremos porque —es mi triste experiencia— la mayoría de las veces lo olvidamos, o lo recordamos de forma incompleta, o hay algo que le hizo perder la chispa primigenia.

Y eso me lleva siempre al tercer consejo: que tenga siempre a mano una libreta, un cuaderno o unas hojitas sueltas, y un bolígrafo, estilógrafo, lápiz, portaminas o cualquier elemento que sirva para escribir en la superficie del papel. (Para quienes son más modernos y se entienden bien con las pantallas táctiles y los minúsculos teclados virtuales, también puede ser una buena solución utilizar esas aplicaciones de notas que vienen por defecto con los dispositivos).

Hay que tener siempre a mano una libreta de bolsillo para evitar que se esfumen las ideas.

La cuestión es que allí donde nos sorprenda la inspiración —en la cama, en el autobús, en la calle, en un bar, en la oficina, en el baño…— podamos tomar nota de las ideas u ocurrencias. Más tarde, en la tranquilidad de un escritorio, frente a un ordenador, un cuaderno más grande, una máquina de escribir, o unos folios blancos y limpios, pasaremos en limpio y desarrollaremos esas ideas. Incluso pueden pasar años entre aquel momento de iluminación y la formulación de un texto: lo importante es contar con ese archivo de fragmentos que nos permita superar bloqueos y construir libros sólidos.

¿Y esta técnica funciona? Cada escritor es un mundo, cada cabeza opera de manera diferente; pero doy fe de que a mí, y a muchos de mis colegas, sí nos funciona.

De hecho, hoy voy a abrir mi cocina y enseñar unas muestras de cómo trabajo.

Frankenstein

Antes de entrar de lleno en mis apuntes, quiero resaltar la importancia del trabajo por fragmentos.

A mí me resulta muy difícil escribir de un modo directo, de principio a fin. Lo primero que escribo de un relato no es siempre la primera frase de ese relato —incluso puede que en la versión final nada sobreviva de esos primeros borradores— y voy dando saltos hacia arriba y abajo, adelante y atrás: es posible que el resultado último sea una historia perfectamente lineal, cronológica; pero el proceso fue completamente caótico.

Además, las ideas suelen surgir de modos muy dispares (y no siempre en buen momento): a veces se nos ocurre un argumento; otras veces la idea de escribir un relato en primera persona, o como un diálogo, o en condicional; otras veces, una imagen o alegoría; o se nos ocurre experimentar cómo encajar un cuento en ciertas redes sociales, o dirigirnos a un público determinado… Los fragmentos permiten que ese disparador no se pierda, y que luego se sumen otros hasta que el germen quede oculto, mutado, desarrollado, transformado de semilla en árbol frondoso.

Por otra parte, quienes están empezando a escribir necesitan encontrar todavía su voz, su estilo, los registros en los que se encuentran más cómodos. Escribir fragmentos aislados, partes de algo que no existe, es como ensayar ejercicios sueltos, pasos de baile, maniobras con el balón, movimientos dispersos (como el «dar cera, pulir cera» de Karate Kid) previos a la rutina olímpica, a la función de ballet, al partido de fútbol o al combate.

Los fragmentos sirven para conocernos como escritores, explorar nuestros límites, cuándo nos sentimos más libres, más espontáneos, más inspirados, más resueltos o contundentes; y en qué modalidades estamos más cohibidos, o nos sentimos torpes, o perdemos fuelle.

No hay que sentir temor ante la obra incompleta: de allí, de anotaciones dispersas, en el futuro pueden salir ideas para obras gigantes; y si no, al menos nos valieron para perder el miedo a escribir.

No olvidemos que Frankenstein o el moderno Prometeo nació como un ejercicio, apenas una idea que apuntó Mary Shelley en una noche de tormenta, y que (como el propio monstruo de la novela) fue creciendo por partes, fragmentariamente.

Un procedimiento

La imagen principal que ilustra este artículo condensa algunas de las herramientas de trabajo que empleo habitualmente. Como se ve, hay un cuaderno de hojas lisas con ilustraciones y apuntes, otro cuaderno grande y cuadriculado con escritos y tachones, una pequeña libreta cuadriculada con anotaciones, y el ordenador con un procesador de texto.

Ordenador, cuaderno de bocetos, cuaderno de borradores y libreta de notas: mi ‘kit’ básico para escribir relatos.

No voy a mentir: nunca sigo un orden exacto de trabajo ni empleo todos los elementos que aparecen en la fotografía. Pero sí hay un esquema que se suele repetirse con bastante frecuencia:

  1. Se me ocurre una idea (un argumento, una frase suelta; o me cruzo por la calle con alguien curioso y trato de describirlo con el mayor detalle posible) y la apunto en la pequeña libreta que llevo siempre conmigo.
  2. Llego a casa y tomo el cuaderno grande, donde intento desarrollar los apuntes tomados en la libreta: me dejo llevar y no me preocupo por erratas, repeticiones de palabras, o incoherencias de tiempos verbales (Nota: a medida que escribamos más, este tipo de errores serán menos frecuentes, incluso en los estadios más primitivos de un borrador). Cuando pasa la inspiración o me estanco, releo el texto y corrijo algunas cosas (los tachones y flechas que se ven en las imágenes).
  3. Paso en limpio (al ordenador) el escrito del cuaderno grande, y aprovecho para corregir y editar algunos de los errores más gruesos cometidos en el frenesí creativo, además de añadir nuevas frases, completar ideas, trabajar mejor las transiciones de un punto al otro, etcétera.
  4. Finalmente, releo lo escrito a máquina y edito y reedito cuantas veces haga falta para obtener un texto que me deje satisfecho (el cual deberá reposar un tiempo, volverá a pasar por los distintos filtros y correcciones propios, y después será sometido al juicio de los lectores beta, los editores, los correctores…).

La libreta pequeña

Las notaciones de la libreta pequeña (DIN-A6) son de lo más variopinto, pero tienen en común su brevedad: no suelen superar las dos páginas, aunque a veces estén rellenas de una letra diminuta y apiñada, sin espacio intermedio entre los renglones de cuadrículas.

Pequeñas pinceladas aglomeradas en una libreta de bolsillo.

Reúnen frases sueltas, como «No te encariñes con el ganado» o «Somos tus proveedores de objetos perdidos», que quizás surgieron arriba de un autobús, mientras pensaba cosas sobre la vida. En un caso, supongo que me pareció una metáfora digna para que el personaje de un jefe meditara acerca de sus relaciones con los empleados; en el otro, una original forma de presentación para una banda de ladrones.

Dos frases ocurrentes, destinadas a relatos que todavía no se han escrito.

También hay pequeños argumentos. Una vez, mientras me documentaba sobre La sociedad industrial y su futuro de Theodore Kaczynskiy, apunté: «Un tipo escribe un manifiesto en un cuaderno, como su gran herencia a la humanidad. Pero escribe con una letra de mierda y no se entiende nada». (Nota: cuando el argumento no corresponde a un proyecto en marcha, suelo titular Idea Suelta; cuando la anotación es para algún trabajo en proceso, suelo titular Idea para… y el código que le haya asignado al proyecto).

Un argumento que surgió como “Idea Suelta” y que acabó germinando en un relato breve del libro ‘Cuento y corto’.

Más tarde, esa idea germinó en un relato breve que incluí en Cuento y corto, y que dice así:

Galimatías manifiesto

El tipo odiaba a la humanidad y a la civilización (a la Civilización con mayúsculas y a cualquier civilización puntual circunscrita en el tiempo y el espacio). No toleraba el orden social ni las teorías, religiones o ideologías que le daban sustento (o coartada). No comulgaba tampoco con ninguna utopía política ni con ideas revolucionarias. El tipo tenía su propia y personal visión acerca de cómo debía ser el mundo, la vida y la organización del ecosistema planetario.

A lo largo de dos décadas, aislado en la espesura de un bosque salvaje, el tipo escribió de su puño y letra un Manifiesto en el que plasmó todo lo que pasaba por su cabeza. Consideró que aquella magna obra significaría un quiebre en la Historia del Universo, una herencia que legaría a la Tierra, el testamento que daría origen a una Nueva Era.

Pero cuando hallaron los cientos de cuadernos apilados junto a su cadáver poco se pudo hacer: los más antiguos expresaban de manera confusa cavilaciones incoherentes y contradictorias, con premisas aleatorias y conclusiones falaces; y los últimos estaban llenos de garabatos en los que resultaba imposible reconocer letras o palabras.

Como se ve, eliminé las palabras malsonantes y expandí (no mucho) esa idea base del argumento original.

También hay ideas muy tenues, asociadas a imágenes, como «Pueblo de los perros (solo perros, nada de gente)» y «Bruma venenosa sobre la ciudad».

Imágenes sueltas que pueden disparar un relato, o servir de atmósfera para un universo literario.

El cuaderno grande

Así como la libreta es un receptáculo de ocurrencias, el cuaderno grande (DIN-A4) es ya un repositorio de borradores.

Para los que tenemos cierta edad y no somos nativos digitales, pero tampoco tan mayores como para haber estudiado dactilografía, el teclado es un elemento extraño con el que solemos pelearnos a menudo. Por lo tanto, cuando queremos que las ideas fluyan sin mayores inconvenientes técnicos ni autocorrectores inoportunos, preferimos el viejo método del manuscrito.

Borrador del cuento «La verdad sobre Maidana» incluido en el libro ‘Códigos de barra’. Nótese los restos de una hoja arrancada en la espiral del cuaderno: se ve que aquel texto ya no tenía arreglo posible. [Pincha en la imagen para acceder al libro].
Escribir a mano tiene sus inconvenientes y sus ventajas. El lado bueno es que la mano y la mente están conectadas de forma directa y que de esta manera plasmar pensamientos es casi instantáneo. La contra es que, en aras de la velocidad, la letra suele ser incomprensible para cualquiera que no sea el autor o un paleógrafo (y a veces ni siquiera para el autor). Otro problema del manuscrito es la corrección: empiezan a acumularse tachones, asteriscos, flechas, corchetes, llamadas, borrones, añadidos al añadido… y finalmente se hace casi imposible seguir el itinerario de las palabras sin un copiloto de rally dando las indicaciones oportunas. En otros términos, la fluidez creativa se convierte en un problema para la fluidez de la lectura.

Entre la letra apresurada, los tachones y los añadidos, el borrador se va tornando ilegible.

En ocasiones, especialmente cuando estoy de viaje, suelo llevar en la mochila un cuaderno de tamaño intermedio (DIN-A5): no tan pequeño como para caber en un bolsillo, pero tampoco tan grande como para que abulte demasiado en el equipaje. Este cuaderno es un híbrido entre la libreta y el cuaderno de borradores: agrupa por igual pequeñas ocurrencias y borradores manuscritos. Algunas de las piezas de Cuento y corto surgieron en una breve escapada y fueron apuntadas en un cuaderno mediano. Cuando volví a casa, fui pasándolas en limpio y apuntando en rojo «hecho» para marcar que esas ideas ya habían sido digitalizadas.

Cuaderno DIN-A5 con borradores de ‘Cuento y corto’. Como se ve, «Hinduljensia» ya se encuentra pasado en limpio al ordenador.

El ordenador

El ordenador (o computadora, para los rioplatenses como yo) es el lugar donde se asientan los textos. Allí, las herramientas de edición son mucho mejores que en el papel, y se obtienen resultados más limpios.

Para mentes que trabajan por fragmentos y de manera algo caótica, las posibilidades que brinda un procesador de texto para cortar, copiar, pegar, deshacer, sobrescribir, buscar/remplazar y un largo etcétera, son imprescindibles.

Por otra parte, actualmente cualquier libro se maqueta en formato electrónico (ya sea para su publicación digital como para imprenta), por lo que conviene que el original se encuentre digitalizado y revisado por su propio autor, evitando de este modo los penosos errores de transcripción o mecanografiado.

No voy a mentir al respecto: hay veces que escribo directamente en el ordenador. Suelen ser ocasiones en las que estoy tranquilo en casa, sin prisas, desarrollando una idea antigua o muy fresca y que no tuve necesidad de plasmar en la libreta (precisamente porque podía sentarme al ordenador y dejar constancia allí de la reflexión).

Del borrador en papel al borrador digital: primer paso hacia el texto “definitivo”.

Un consejo que suelo dar para trabajar con archivos informáticos: realizar copias de seguridad asiduamente (cada día, incluso) y, si es posible, almacenar los archivos en la nube —Google Drive, Dropbox o similares, sobre todo si ofrecen servicios de sincronización automática—: la idea es que, si por el motivo que fuera nuestro ordenador muere, jamás perdamos esos originales pulidos y trabajados que tanto esfuerzo nos costaron. Afortunadamente, los archivos de texto ocupan relativamente poco espacio, y por lo tanto no hace falta recurrir a ningún costoso servicio de pago para guardar todo lo que escribamos, ni hay necesidad de borrar material antiguo o priorizar qué almacenamos y que no.

Otro consejo, vinculado a lo anterior, es que organicemos los archivos en carpetas por proyectos, de modo que no haya un descontrol de piezas acumulándose como basura digital. Demo admitir que cierto nivel de caos (y de síndrome de Diógenes) puede ser inevitable, y que al final todos tenemos una carpeta de «Ideas Sueltas», »Cajón de sastre» o «Varios»… Pero lo importante es poder mantener esa bolsa de fragmentos sin proyecto en un nivel manejable, y que tan pronto una idea sea viable para algún trabajo en proceso, se incorpore a su carpeta correspondiente.

Finalmente, es importante conservar la versión original de un texto si vamos a acometer un proceso de edición radical, una reformulación completa de ese original, por si a la postre no estamos conformes con el nuevo resultado o, en plena faena, eliminamos un párrafo que podría valernos para otra idea (Nota: de un borrador, un boceto o un fragmento se puede aprovechar todo; jamás nuestra creatividad tiene que verse limitada ni restringida). Nombrar correctamente los archivos (y renombrarlos) ayuda a reconocer rápidamente cuál es cada uno: «Ojos_brillantes_original.docx» y «Ojos_brillantes_editado.docx» y así sucesivamente; o quizás más simple «Ojos_brillantes_1.odt», «Ojos_brillantes_2.odt»…

Dibujos

¿Y el cuaderno con dibujos?

Es menos habitual, y a no todos los escritores les gusta dibujar. Pero en mi caso es otro modo de imaginar historias: a veces boceto personajes sin un plan determinado, y gracias a ello se me ocurren ideas para un cuento o un universo de personajes.

Distintos estilos, el mismo objetivo: imaginar a través de la imagen.

Por eso, también procuro tener a mano algún cuaderno de hojas lisas, donde pueda esbozar con bolígrafo, tinta, lápiz (o todo a la vez) rostros imprevisibles que acaban por tomar forma, como si una parte oculta de mi imaginación solo fuera capaz de emerger a través de la imagen y no de las palabras.

Eso sí, una vez se materializa, una vez veo ese rostro y otros atributos del personaje (ropa, expresión, complementos…), o incluso a medida que voy dibujando, es inevitable elucubrar historias, aunque más no sean fotogramas o pinceladas de un argumento.

Con bolígrafos negro y rojo aparece la figura de un brujo fantástico. Consigna: pensar una historia para ese brujo.

En ocasiones las ideas mueren allí, o permanecen latentes hasta que, en otro momento y circunstancias, vuelvo sobre esos dibujos y se reactiva la imaginación. Otra veces, brota un cuento casi al instante, o uno de esos fragmentos de práctica que recomiendo a los principiantes, como ocurrió en este relato.

Cuando faltan hojas lisas, los márgenes cuadriculados son víctimas del bloqueo: surgen así patrones, formas geométricas, palabras sueltas, algún nombre, o pequeños retratos, monstruos y rostros. Incluso trozos de las pequeñas libretas pueden verse sorpresivamente invadidos por auténticos garabatos. Son mecanismos para liberar tensión, a la vez que la mano se mantiene activa y dispuesta a seguir trabajando. No dan una imagen muy pulcra o prolija del cuaderno, pero son señal de una mente inquieta.

Autorretratos garabateados entre fragmentos e ideas sueltas de la libreta pequeña.

En fin, así es como trabajo yo. No tengo la mejor caligrafía ni me van a dar el Premio Nacional de las Artes, pero al menos consigo retener la inspiración y construir de a poco mis libros de relatos.

Me gustaría conocer cómo es tu proceso de trabajo, si coincide total o parcialmente con el mío, y poder intercambiar sugerencias y experiencias. Deja tu comentario abajo, o escríbeme a cerletti.cohr@gmail.com.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

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