Fuertemente armados: descripción precisa

«Para mí, una descripción acertada suele componerse de una serie de detalles bien escogidos que lo resumen todo».

Stephen King, Mientras escribo

En cualquier género de ficción (y no ficción, como veremos), la precisión en la descripción es fundamental. No se trata de que uno sea exhaustivo o minucioso en exceso, sino de resolver con pocas y acertadas palabras las principales necesidades informativas del lector, sin dar pie a ideas difusas o ambigüedades.

Dicho así, suena a palabrería, a una formulación genérica y bienintencionada. Así que veamos algunos ejemplos.

Del Boom al búm

Al igual que Gabriel José de la Concordia García Márquez, yo fui cocinero antes que fraile y tuve formación periodística antes de lanzarme de lleno a la ficción —a diferencia de Gabo, en cambio, no tengo un Premio Nobel ni participé en el boom (ni siquiera en el Baby boom)—. Esta formación periodística permite entender (y ensayar hasta el hartazgo) el contraste entre una descripción precisa y una que no lo es.

Ejemplo clásico: soy un reportero y debo comunicar que una banda de cinco ladrones intentó robar un banco con violencia. Comienzo la crónica con esta frase:

«Un grupo de hombres fuertemente armados irrumpió ayer por la mañana en la sucursal del Banco X en el barrio Y de esta capital.»

A priori, la oración parece correcta —seguro que hemos leído algo parecido más de una vez—, pero mis maestros de periodismo, mis editores y correctores, me la habrían rechazado. ¿Por qué? Por imprecisa.

La clave está en las palabras que he señalado con negrita. Por culpa de estas descripciones difusas, el lector no consigue imaginar lo que ha pasado —o imagina un abanico de posibilidades que lo deja en el punto de partida: una idea vaga y poco clara de lo que ha pasado—.

¿Qué es un grupo: tres, cinco, veinte, doscientos hombres? ¿Qué es fuertemente armado: cuchillos de cazador, fusiles de asalto, lanzagranadas, tanques, fragatas, bombas atómicas? ¿Ayer por la mañana se refiere a las tres de la mañana o a las doce menos cuarto del mediodía? ¿Y si (como ocurre muchas veces) hay más de una sucursal del Banco X en el mismo barrio?

Es cierto que los periodistas —que suelen trabajar a contrarreloj— no siempre pueden conseguir datos muy concretos a tiempo, pero tienen que intentar acotar el margen de imaginación de sus lectores para que ningún distraído se figure a doscientos hombres con una bomba atómica irrumpiendo a las tres de la mañana en la sucursal equivocada.

Una posible reformulación más precisa de la frase daría como resultado algo así (y que me perdonen mis maestros, editores y correctores):

«Cinco hombres armados con pistolas y escopetas irrumpieron ayer en torno a las diez de la mañana en la sucursal del Banco X ubicada en la calle Prócer de Turno 1324 de esta capital.»

No pude averiguar muchos detalles sobre las pistolas y escopetas, y mis fuentes de la policía no supieron (o no quisieron) decirme cuántas había de cada una. Aun así, el lector puede hacerse una idea más clara sobre la clase de armas que portaban los hombres y ahorrarse el pánico a un invierno nuclear.

Tampoco fui capaz de conocer la hora exacta, pero diversos testigos creían recordar que «serían más o menos las diez». Algo es algo: el lector puede imaginar entonces una ciudad despierta y a pleno funcionamiento. Y si a eso añadimos la localización exacta de la sucursal, quienes conozcan el barrio podrán saber si se trata de una zona comercial o residencial, con mucho movimiento de personas o más bien tranquila, y calibrar la magnitud del peligro que vivieron los vecinos.

[NOTA: en el periodismo escrito clásico, solía encabezarse la noticia con la localización desde la que se escribía el artículo y la autoría. En nuestro ejemplo, debería ser algo como: «(BUENOS AIRES. AGENCIAS) Cinco hombres armados con pistolas…». De allí que al final del párrafo nos permitamos decir «de esta capital» sin precisar más.]

A veces, demasiado detalle hace incomprensible lo que vemos.

No aclaremos que oscurece

Ahora bien, no debemos confundir precisión con exhaustividad. Hay ciertos detalles que podríamos conocer y que no son necesariamente útiles para que nuestro lector comprenda la historia. Por ejemplo, en ese párrafo inicial no damos mucha información sobre los cinco hombres: no decimos si eran altos o bajos, si eran gordos o flacos, ni sus edades, ni sus procedencias, ni el calzado que llevaban… Partimos de la base de que el lector imaginará hombres de su misma ciudad, en edad adulta y sin señas particulares: si la información con la que cuenta el periodista no se sale de ese guión genérico, en la primera frase no es necesario añadir mucho más.

Pero si el grupo hubiera estado formado por tres hombres y dos mujeres, habría que haberlo precisado; o si los hombres hubiesen ido todos en silla de ruedas; o si entre ellos hubiera algún antiguo miembro de un cuerpo de élite del ejército; o si hubiesen sido ancianos mayores de 70 años. Es decir, cualquier detalle que nos aleje de la imagen media del asaltante de bancos —construida en base a la estadística y, por ello, la más probable— es relevante para el lector porque modifica sensiblemente el escenario. (De hecho, el periodismo es muy dado a resaltar estas excepcionalidades con rótulos del tipo «Las Nikitas», o «El robo sobre ruedas», o «La banda de Rambo», o «El golpe de los abuelitos»).

Volvamos a la exhaustividad. ¿Cómo quedaría nuestra frase si, en vez de precisos, intentáramos ser minuciosos? Quizás algo así:

«Un madrileño de raza blanca y 1,73 metros de altura, aficionado al heavy metal y armado con una Glock 9 mm; un ciudadano paraguayo, disléxico, de 82 kilogramos de peso y portando una Ithaca 37 recortada de color negro con culata y guardamanos en nogal americano; un residente de Longchamps, zurdo, vestido con una camiseta de River Plate modelo 2012 y empuñando una Beretta 92 con el cargador modificado para ampliar la capacidad; un estudiante de la Universidad de Flores que responde al apodo de ‘Bonie’, con un revólver plateado y algo mellado en el lado derecho del percutor y el cordón de la zapatilla izquierda desatado; y un capitán retirado del Ejército, de 45 años de edad, rapado, barba candado entrecana, una colilla de Particulares a punto de apagarse en la boca y amenazando con un fusil AK-47 de fabricación china irrumpieron por la puerta principal acristalada en la sucursal del Banco X (propiedad del Grupo Multinacional Pez Gordo, al que pretende adquirir el mayorista Big Bank) ubicada en la calle Prócer de Turno 1324, a 23,5 metros de una baldosa roja situada en la esquina con calle País Vecino, en la anteriormente conocida como Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres, el miércoles 20 de enero de 2021 a las 10:02:41 del reloj del banco, 10:03:56 del reloj de la estación de trenes de enfrente y 10:03:03 del reloj de pulsera del agente de seguridad privada de la entidad financiera.»

Para empezar, el texto se vuelve más engorroso. Eso solo debería bastarnos para reflexionar y pensar cómo y cuándo dar ciertos datos. Las enseñanzas del periodismo nos dicen que, en el primer párrafo, hay que dar la información básica de la noticia, el esqueleto de lo que ha sucedido y merece contarse, y después (si hay tiempo o espacio) ampliar con más detalles relevantes que permitan contextualizar y comprender mejor el acontecimiento. Así las cosas, puede que el cargador modificado de la Beretta 92 acabe siendo importante —si hubo un tiroteo, si los policías subestimaron el armamento de los ladrones, etc.—, pero no es necesario nombrarlo al principio.

En una historia de ficción ocurre lo mismo: el lector quiere saber primero lo que ha pasado, y luego ir desgranando detalles. Solo debemos anticipar aquellos datos que son importantes para que la acción progrese y el lector se sitúe adecuadamente en el escenario que planteamos.

Para seguir, descubrimos el principal problema de la exhaustividad: nunca se puede decir todo de todo. Por ejemplo, cada vez damos distintos detalles sobre los asaltantes, y nunca son todos los que podríamos dar. Si nos detuviéramos en la descripción minuciosa de cada uno de ellos, la primera frase se convertiría en el primer capítulo de una novela: imaginemos que la camiseta de River Plate tenía parte de la publicidad despegada a consecuencia de los lavados, o que el madrileño era ligeramente estrábico, o que el militar retirado tenía más vello en un brazo que en el otro… Así hasta el infinito —y eso que no hablamos de los clientes y empleados del banco, del guardia de seguridad, de los maceteros, de la señalética…—.

Y para terminar, vemos que hay cierta información superficial, como a cuántos metros de una baldosa roja se encontraba la sucursal, o el nombre antiguo de Buenos Aires, o las casi imperceptibles diferencias de segundos entre diferentes relojes. Son datos ciertos, verdaderos, contrastables; no cabe duda de que nos hemos documentado a fondo, pero ¿son importantes para entender la historia del intento de robo?

Es decir, nos damos cuenta de que resulta muy difícil ser realmente minuciosos, y que no toda la información es —al menos en un primer momento— relevante.

El destello del sol sobre las ondas del mar.

Mostrar, no contar

La cita de Stephen King que abre este artículo contiene dos palabras claves para entender cómo es una descripción eficaz: detalles y resumen.

Los detalles evitan que seamos vagos o ambiguos: saber que hay escopetas y pistolas nos da una idea más clara del armamento que la descripción «fuertemente armados». Pero, como vimos, la proliferación de detalles puede hacer la lectura pesada e inconducente. La precisión no se basa en la exhaustividad (en la interminable enumeración de pormenores), sino en la adecuada selección de detalles. ¿Y cómo se seleccionan adecuadamente los detalles?

Allí es donde entra en juego la segunda palabra: resumen. Los detalles escogidos deben condensar, sintetizar, reunir sobre sí una serie de significados que permitan al lector hacerse una idea general del cuadro con unas pocas pinceladas, como en la pintura impresionista. Veamos un buen ejemplo de la mano de Borges:

«Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez, taciturnamente…» (J.L. Borges, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»).

En apenas cuarenta y dos palabras, Borges consigue pintar la naturaleza de una «amistad» peculiar, de corte intelectual, prolongada en el tiempo pero superficial, sin calor o afecto.

Ahora bien, yo he empleado algunas palabras menos (deiciséis) en definir esa misma relación —una «amistad» peculiar, de corte intelectual, prolongada en el tiempo pero superficial, sin calor o afecto— pero con menos eficacia que Borges. ¿Dónde está la diferencia? En que Borges muestra, y yo cuento.

Se atribuye a Antón Chéjov la frase: «No me digas que la luna está brillando; muéstrame el destello de luz sobre vidrios rotos». Esta imagen ha pasado a ser el ejemplo clásico del recurso descriptivo mostrar, no contar (más popularmente difundido en su versión inglesa show, don’t tell), que consiste evitar calificar lo que se enseña.

Así, no es lo mismo que yo califique a aquella amistad como «de corte intelectual», a que muestre el «intercambio de libros y de periódicos» o el «batirse al ajedrez». Tampoco es lo mismo que yo interprete falta de calor o afecto, a que se muestre la exclusión de la confidencia, la omisión del diálogo, el juego taciturno…

La selección que hacemos como autores de elementos a mostrar lleva implícita nuestra valoración de la escena, personaje o ambiente descritos. Pero al evitar una calificación explícita, es el lector quien (después de interpretar lo que se le muestra) llega a la conclusión de que tal relación era intelectual, superficial o falta de afecto. Y por ello, porque el lector se involucra, interpreta, analiza y concluye, la descripción es más eficaz.

Mi consejo es que se emplee este recurso cuando estemos por utilizar los adjetivos bueno/malo, lindo/feo, verdadero/falso (y sus derivados, y sus extremos). O también para depurar algunos adverbios acabados en –mente que, evidentemente, perjudican sensiblemente la lectura y que, naturalmente, no son constantemente necesarios.

¿Hacia dónde mira el perro, a su derecha o a su izquierda?

Cada dos por tres, seis

Escribir y describir bien, en parte y en el fondo, consiste en saber dosificar la información.

En periodismo, se trata de información de (presumible) utilidad pública. El periodista tiene que averiguar lo que pueda y transmitirlo de manera clara, para que su lector sepa —con cierto grado de certeza y sin mucho esfuerzo— qué es lo que ocurrió.

En la ficción, hablamos de la información que el autor necesita que su lector maneje para que este pueda seguir la historia sin perderse, sin imaginar lo que no es, sin hacerse una idea equivocada de lo que ocurre.

Para el periodista, es malo dejar demasiadas cosas a la imaginación del lector: aquellas lagunas que el redactor no puede evitar deberían ser completadas por sus lectores con nociones de sentido común, cultura general, saberes compartidos y probabilística. Si no es así, entonces el redactor necesita incluir el dato faltante. Si yo escribo:

«Los asaltantes amenazaron a los clientes del banco, que se echaron boca abajo.»

mi lector imaginará que los clientes del banco eran personas ordinarias: oficinistas, cabezas de familia, pensionistas, comerciantes o gerentes de pequeñas empresas. En cambio, es imposible presuponer que entre los clientes había un jeque árabe multimillonario, una terrorista de la Fracción del Ejército Rojo, un capo de la mafia siciliana, o agentes de la CIA. Si alguien de este último grupo hubiese estado allí, el redactor debería mencionarlo:

«Los asaltantes amenazaron a la clientela del banco, en la que se encontraba el multimillonario jeque árabe Abdul Alhazred. Los clientes se echaron boca abajo…»

En la ficción, en cambio, el escritor hace bien en dejar cierto espacio a la imaginación del lector, para que este adapte lo que se describe a su propia experiencia y lo sienta más cercano. Por ejemplo:

«Patricia se escondió debajo del mostrador, y no se movió de allí hasta que todo hubo terminado».

¿Cómo era ese mostrador? ¿De madera, de aglomerado chapado, de plástico o metal, pintado de rojo o azul, con rejas o cristalera? ¿Era alto, bajo, ancho, angosto? Si las características del mostrador no son relevantes para la historia, si no añaden contexto ni explican acontecimientos posteriores, ¿por qué no dejar que el lector se imagine un mostrador familiar, el del banco que conoce y visita con frecuencia? Así, la experiencia que se narra le resultará más vívida, más nítida, y el relato avanzará de manera más fluida, sin tantas pausas descriptivas.

Ahora bien, a veces la búsqueda de fluidez, de ritmo, nos lleva a omitir ciertos datos, ciertos detalles, que son necesarios. En lugar de ser concisos y precisos, acabamos por ser confusos y ambiguos. Ejemplo:

«Los asaltantes amenazaron a los clientes del banco, que se echaron boca abajo. Después permanecieron tranquilos y a la espera».

¿Quiénes «permanecieron tranquilos y a la espera», los clientes o los asaltantes? Otro ejemplo:

«La muchacha apareció con una serpiente a los hombros. Era encantadora: espigada, distinguida, delicada, pero fría».

¿Quién o qué era «delicada, pero fría»? ¿Quién o qué era «encantadora»: la muchacha o la serpiente? ¿O acaso la muchacha era una encantadora encantadora de serpientes encantadoras?

La ambigüedad no buscada genera confusión en el lector, y puede acabar por volver incomprensible el texto (y loco a quien intente descifrarlo).

Voy a terminar con un ejercicio: intenta reescribir el siguiente párrafo para hacerlo más claro:

«Marcelo me dijo que se encontró a Juan, que estaba con Sofía y Patricia en el banco. Se fueron porque ella no estaba cómoda. Salieron de la casa de al lado, y se le cayó el teléfono móvil cuando iba hacia su departamento. Después de que se vieron, avisaron que ya no podían quedarse.»

Mi apuesta (sobre seguro) es que no vas a poder realizar el ejercicio. Es más: si alguien es capaz de entender el texto anterior quizás debería dejar la escritura y dedicar sus superpoderes a interpretar las sagradas escrituras (o estudiar la Torá), o a descifrar los posos de café, o a leer augurios en el vuelo de los pájaros. Porque, en mi humilde opinión, es imposible sacar nada en claro del párrafo anterior. Y ello se debe a la enorme cantidad de ambigüedades no buscadas que alberga.

La consigna del ejercicio es tramposa: no hay forma de hacer más claro un texto ambiguo (sin ser el autor del texto original). Esa es, quizás, la definición misma de ambigüedad. Ni el corrector ni el editor más experimentado podrían darle una vuelta al párrafo anterior para otorgarle sentido y precisión.

¿No me creen? ¿Aún piensan que es posible arreglar ese párrafo sin estar en la mente del autor? Bien, intenten responder entonces a estas preguntas:

  • ¿Quiénes «se fueron porque ella no estaba cómoda»? ¿Marcelo y Juan; o Juan y Sofía; o Sofía y Patricia; o Marcelo y Patricia; o Marcelo, Juan y Sofía…?
  • ¿Quién «no estaba cómoda»? ¿Sofía, Patricia, una tercera mujer…?
  • ¿Quiénes «salieron de la casa de al lado»?
  • ¿Al lado de qué estaba «la casa de al lado»?
  • ¿A quién «se le cayó el móvil»?
  • ¿De quién es «su departamento»?
  • ¿Quiénes «se vieron»?
  • ¿Quiénes «avisaron»?
  • ¿Quiénes «ya no podían quedarse»?

Y eso que no he querido entrar en las cuestiones temporales: ¿podrías indicarme la secuencia de acontecimientos?

Conclusión imprecisa

Pues eso, que no hay que hacer aquello, pero sí lo otro. Fundamentalmente, especialmente, lo otro.

Si damos demasiados detalles (como la cantidad de palabras que tiene este párrafo, o de letras, o de caracteres sin espacios; o el nombre completo de García Márquez; o el brillo del monitor en el que se muestra lo que estoy escribiendo mientras lo estoy escribiendo con un teclado inalámbrico al que se le están por acabar las pilas y entonces funciona de manera intermitente; o la lista de preguntas para verificar si un texto es o no ambiguo), el texto se vuelve engorroso.

Si, en cambio, no doy suficiente información… A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Para describir con precisión hay que armarse de paciencia, hacerse con un buen arsenal de detalles significativos, y pertrecharse con una armadura contra los ataques de la ambigüedad. En otras palabras, hay que estar fuertemente armados.

¿Estás de acuerdo? ¿Tienes dudas? ¿Quieres saber más? Contacta conmigo y cuéntame tus ideas.

© Julio César Cerletti
Asesor literario para escritores independientes de relatos oscuros o fantásticos

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